domingo, 29 de septiembre de 2013

Ningún domingo es bueno.

Llorar, dice Benedetti. Por no importa qué clase de miseria. Llorar. No, no puedo cumplir la misión. Me siento tan agridulcemente estancada entre la luz del día y las pesadillas; tan irremediablemente perdida, alejada del rumbo inicial de la travesía. No sé cómo, pero he acabado en un manicomio, con un puñal entre los pulmones, en forma de tiempo, de rotura alada, de insomnio, de eterna melancolía que se desparrama por el suelo, en forma de poema, de aire desquiciado. He perdido el rumbo en el mundo atemporal de los oasis maquiavélicos, las noches infinitas y el placer agridulce de la perfecta irrealidad. Absoluta irrealidad. Soñada irrealidad. 
Cansancio, muerte dulce de cansancio, desangrándome en palabras, una a una, poco a poco, construyendo un infinito de ellas, como si así, al final del inmenso trabajo, hubiera un pequeño recodo de paz, un descanso, un tropiezo en la interminable caída. 
Respirar, simplemente a la búsqueda del vacío, del silencio que queda en la ausencia de agitación del alma. Hallar la satisfacción feliz en la semiparálisis del espíritu. Demencia es pretenderla. Locura, sólo una sucesión de pequeñísimos éxtasis para mí. Sólo vivir sin pausa para evitar que el silencio rompa el equilibrio de esta perenne y agridulce forma de volar. 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Domingo un poco apagado.

Los dedos del tiempo sobre mi pelo. Eterno septiembre, que parece que se fuga y nunca se va. No logro zafarme de él. Por suerte y por desgracia. El frío, que ya se va colando entre los labios cuando, mirando un poco al frente, un poco a ningún sitio en el balcón, hace creer lo contrario. Pero no. Octubre no existe. Mi calendario está lleno de eterno perecer de flores, de eternos despertares de la siesta, de canciones tristes que alegran las sonrisas agridulces. Si pudiera definir algo con claridad, con certeza atemporal, sería para decir que el poeta es aquél que se estanca dentro de un torbellino y se dedica a gritarle al tiempo y al espacio, siempre omnipotentes, omnidestructores de toda conciencia de equilibrio. Siempre septiembre.
Susúrramelo. Dímelo una vez más; que tener el vello erizado es la misión y lo imposible es un regalo. Mi corazón se llama septiembre. Y si hay que tener fe en algo, es en la voluntad de ser, aunque a veces, o casi siempre, se fugue -no sé si por miedo a la soledad, por adicción a los altibajos-. 
Laisse saigner. Que los pulmones se desangren, se vacíen, que se vaya todo el aire. Secar el alma. Déjame sólo las ganas de seguir respirando en este helado septiembre, a solas con la agridulce melancolía a la que me encadeno para siempre con horror y placer, en el limbo entre la agonía y la concupiscencia de l'âme.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Tardes.

Qué alta la caída; de los labios al corazón y de ahí directamente al suelo, a desparramar los sentimientos por el suelo, que me van sobrando y faltando. 


Post luna llena.

Me despierto todos los días dedicándome un minuto cara a cara con el espejo. Me escruto, me vigilo sentada en la cama. Voy estirazando los párpados, el ceño, normalmente, frente a mi reflejo cansado.
En silencio voy determinando detalles, voy olvidando los sueños o pesadillas nocturnos, me voy haciendo al calor de la habitación, a las sombras que deja la penumbra sobre los enredos de mi pelo.
Me vuelvo eterna por un momento, pensando que mis ojos, al igual que cualquier parte del alma, carece de sentido propio una vez es extirpada. Cualquier parte parece ridícula fuera del caos, del chaos perpetuo que nos agobia, pero que no comprendemos. Descartes aquí no nos sirve, pues el problema o virtud sólo puede ser real si se lo mira al completo. Cada detalle que se escapa a la totalidad está falta de movimiento, de latido propio. Que un beso por sí solo no significa nada, que una mirada al vacío sólo es indiferencia, o algo así. Me vuelvo eterna pensando en tonterías, hasta que llega la típica pregunta... ¿es realmente esto lo que quiero ver por las mañanas, es realmente lo que alguien que sea yo sin ser yo apreciaría? 
No hay momento del día en que me sienta más fuerte, o quizás más lejos de los dramas nocturnos, de los dolores en partes extrañas del alma, de la locura sin remedio de los lobos cuando aúllan. 
No hay momento del día en que me sienta más segura de lo enorme que es mi alma, ya que de tantos cachos carezco a estas alturas.
'Así son los ciclos de soledad.'

viernes, 16 de agosto de 2013

Sucumbo.

¿Dónde estás, cariño? Que ni puedo escribir y no te encuentro.  ¿Dónde estás?, que si digo la verdad echar de menos es mi hobby favorito. Juega conmigo. Que si este momento agridulce tiene algún sentido... No, ya sé que no lo tiene. Miro a la Luna, ni ella sabe... Me sabe la boca a sangre; me he vuelto a morder hasta sangrar. Y así me va. Escribiendo sin sentido, sin ganas de esconderme ni de esconder que se me corre la pintura. Por ti o por cualquiera, me da igual. Borradores, que ni tú ni nadie conocerá. Mi alma está obtusamente calmada. Qué quieres que te diga, si las ganas se me escapan por los poros, y no soy capaz de volverlas a encontrar. Ni a ellas, ni a mí, ni a estas lágrimas locas que corren sin sentido, como imitando estas palabras, más borrador que entrada, más locura que ganas, más cordura que este grito que me sale. Sucumbo. 

Psociópatas.

La regla de oro: no tomarse nada como algo personal. Qué difícil, si todo lo que veo, leo, percibo, soy yo, es este éxtasis, estas ganas de llorar cuando algo me conmueve como si fuese mío, como si me erizase el vello a mí misma desde dentro; desde estas ganas de ficción y cordura.