miércoles, 14 de septiembre de 2016

RJ

Hoy, dejando aparte la culpabilidad, la conciencia que pesa, estoy recidivante e irenemente triste.
Inexplicablemente y sin remedio. Y el viento, no sé  si causa asociada o consecuencia bendita, zarandea los árboles, me mece, me acaricia el nudo en la garganta, las palabras que repito una y otra vez por no perderme ni encontrarme. Sobre todo por no encontrarme.
Hay vece, babe, en que el terrible nudo es tan atroz que no deja pasar ni palabras, ni suspiros, ni la desmesurada cascada de tristeza. Hay veces, Romeo, en que no pasa ni el aire, en que creo que he gastado todas las lágrimas y sólo me queda ahogarme en el vacío que deja el dolor -el terrible dolor de la ausencia-. Que no fluye ni el aire ni sé escribir hoy.
How about it?
La calma de pensar en que la lluvia que cae nos une es tan absurdo y recurrente como absoluto en mi pensamiento. La tristeza del tiempo rodando sobre la piel -a millones de años luz del resto de mortales-, deslizándose sobre la aspereza del alma -inmensurable-. Quiero construir puentes sobre el mar pero aún no sé cómo. Que el viento me alborota, me seca los labios. Quiero poder llorar un rato, grosso modo. 

miércoles, 29 de junio de 2016

Tarde vaga

El agua hasta la cintura, el viento haciéndola ondear. El libro entre los dedos con sus líneas entre mis labios, haciéndome sentir la extraña sensación de la empatía entrópica. Esto es el cielo, me parece. Nero mirándome con atención  y lasitud a la vez. El viento furibundo. El sol cayendo oblicuo y con piedad sobre mi espalda. La piscina y su agua enrabiada de nuevo. Silencio, sólo roto por el álamo que se mece sin respiro. Sin duda esto es el cielo. 

jueves, 2 de junio de 2016

Porque sí

Hoy, como un día cualquiera, estoy irenemente triste. Tristeza que confundo con agobio, que mezclo con apatía, que arrastro con rabia, que siento con monotonía, que camuflo en indiferencia. Para que al final todo sea cansancio y acabe en el vértigo atrapado en las muñecas. Que todo acabe en un instante lleno de dolor que llega, que pasa, que ignoro y que olvido. Y después... el viento. La terrible y maravillosa distancia entre tú y yo, entre mis pies y la sonrisa apática de cuando no hay nada que decir. De la aridez de mi ser deslizándose hacia la noche con el pelo alborotado y cada fibra rendida a la impotencia de la tristeza cansada. Monótona y única, como siempre y casi nunca. Hoy, como cualquier otro día, no encuentro la cura a mi miseria. 

miércoles, 16 de marzo de 2016

Café

Café recién hecho es olor a tierra mojada, a paraíso lejano.

Soledad

Despegarse del miedo a la soledad. Cuánta libertad, cuanta indolencia. No sé cuánto habré crecido, ni sabría medir cuánta ansiedad y sufrimiento he necesitado para perder el pánico a estar sola. Literalmente sola. Sé que puedo yo sin más, 'te quiero pero te necesito', disfrutar de la soledad. De estar entre estas cuatro paredes con mi respiración pausada, mi melancolía sin sentido. Indolente, sintiendo hasta las uñas de los dedos de los pies, hasta las pestañas, las comisuras de mis labios que arden a ratos. Y sí, esta tristeza es toda mía, y este sueño también, y esta hambre, y estas ganas, este dolor de cabeza. Todo es mío y de nadie más, ni la culpa, ni la suerte, ni el esfuerzo. 
Despegarme de todo, que no lo necesito. Y que sea lo que tenga que ser, que ahí estoy yo para mí. 

Jaula

Tan jóvenes, tan estúpidamente condenados por nosotros mismos a la frustración. Nos sentimos obligados a aunar sentirnos bien con sentirnos atrapados, en una jaula abierta de par en par. Y lo asumimos como único destino posible, el mar de la desesperanza. El nudo en la garganta. Porque es lo que se espera de uno, porque nos encasillamos dentro de un espacio reducido en que al crecer se nos clavan los alambres. porque miramos al suelo para seguir caminando, siempre en línea recta. Cualquier ámbito nos sirve para ello. Es tan frustrante ver a las personas que queremos atrapadas en un círculo del que podrían salirse y hacer maravillas con su presente como verse a uno mismo desde fuera en la misma situación. Soportando el peso inexorablemente creciente de nuestro pretendido destino como una losa sobre la cabeza, sobre el pecho, apretando, sacando aire que después no puede volver a entrar. Es ver a la vez desde dentro y desde fuera la muerte del alma palpitante de forma pasiva; percatándonos de todo pero incapaces de virar el timón lejos del mar en calma. 
Y la pregunta es, ¿por qué? ¿Por qué no puedo? 

lunes, 8 de febrero de 2016

4 am

Hay un lugar, entre la sobriedad y la embriaguez, en que me gusta encontrarte o evocarte en las noches vacías. Hay un limbo en que yo no soy yo, y tú eres menos (menos consciente de mis pensamientos). Ahí asumir que sigues, que caminas, que palpitas, aunque no des señales de vida. Me gusta sentarme en ese lugar y mirar al vacío, sentir el vértigo de apartarte del todo, mi querido torbellino, o  de lanzarme sin reparos. Y nada parece concluyente o mínimamente humano. 

jueves, 14 de enero de 2016

Y luego...

Está el mundo, colores. Vida. Y luego estoy yo, y esta tristeza adherida al fondo de los ojos. Y este nudo, esta tarde que anochece silenciosa. Este réquiem. Anhelo al fin y al cabo. De llevar mi nombre a su máximo exponente... Paz. Y estas ganas de ir al fin del mundo.