jueves, 10 de enero de 2013

Temps.

Es extraño. El reloj golpea y cada vez entiendo menos. Llevo demasiado tiempo en un callejón sin salida, en la búsqueda de una implosión que quizás sólo yo puedo provocar. Respiro. Pero no basta, mis pulmones ya no quieren aire para alimentarse. No quiero paz, no quiero apatía. Ese afán (¡OBSESIÓN!), ese horrible temor al error... a volverme adicta a lo que no debo, a atar mis manos hasta hacerlas sangrar, morderme los labios hasta que exploten y callen para siempre. O al menos hasta que mi lengua no pueda arrancar cicatrices. O hasta dentro de mil años, y que ya dé igual lo que grite. 
No puedo evitar ser tan estúpidamente absurda como el resto de los demás absurdos y estúpidos mortales. 
Que alimentar el alma para que cada vez se sienta más vacía, que floten los interrogantes al fondo y me golpeen con esa característica y vana tortura que lleva asociado lo más ínfimo.
No quiero calma, no quiero paz. Quiero arder, y que la Náusea arda conmigo. Que esta percepción de la incongruencia deje de existir. Que arda conmigo también.... Bueno, mejor lo dejo aquí.

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